sábado, 5 de enero de 2013

Crónicas del Angel Caido 2 (Cinco)



Segunda Parte
5
Fama

El mundo se volvió loco.
De repente y sin previo aviso, en la televisión, en los periódicos, en las radios, en Internet, se habló y se habló hasta el cansancio del ángel luminoso, de la batalla en el Vaticano, de la identidad del salvador del Papa.
Los testigos presenciales del hecho salieron a hablar; me describieron con lujo de detalles. Las filmaciones de mi transformación angélica se difundieron por la red. Cualquiera podía obtener las imágenes y revisarlas. De hecho, se hizo y la conclusión a la cual se llegó era que todo el asunto era autentico.
Repentinamente el mundo tenía una cabal prueba de la existencia de los ángeles.
Y ese ángel en cuestión, era yo.
Lucifer, el Diablo. El Ángel Caído.
Mis palabras al Papa dándome a conocer generaron una oleada de controversias alrededor del globo. Estaban los que no creían que yo fuera el Diablo y los que sí. Entre los que sí se subdividieron en aquellos que recordaban que el Diablo es padre de la mentira y los otros, que me concedieron el beneficio de la duda.
El cisma armado por mi presencia provocó tal jaleo que de buenas a primeras, todos se lanzaron a especular sobre mí, sobre mi relación con Dios y sobre la vieja cuestión del Bien y del Mal.
-Ahora son todos teólogos – me quejé, desde un rincón de un bar de mala muerte, en Texas, Estados Unidos. Estaba mirando la televisión que tenían en ese lugar y en ese momento pasaron por quincuagésima vez mi cara grabada.
Un tipo alto con sombrero de cowboy se dio vuelta, botella de cerveza en mano y me miró, de mala manera. Pero entonces palideció.
-¡Es él! – advirtió, a los gritos. Todos se voltearon a verme.
De súbito, todos me observaban como si fuera algo extraño. Yo no llevaba mis alas ni mi apariencia celestial, pero pese al disfraz humano, podían reconocerme.
-Sí, ¿Y qué? – dije, a modo de desafío y seguí bebiéndome mi cerveza y fumándome un cigarrillo. Las miradas de curiosidad dieron paso a expresiones embelesadas. Varios hombres se agruparon en torno de mi figura y me preguntaron si todo era verdad… si yo era el Diablo, tal y como la tele afirmaba.
-No sé. ¿Qué opinan ustedes? – aburrido, enfurruñado y molesto, les di la espalda, y entonces se echaron a murmurar. Y hasta me sacaron fotos con esos dichosos teléfonos celulares suyos - ¡Oh, ya basta! ¡Es mi momento libre! ¡Por el amor de Dios! ¡Basta! – exclamé, exasperado. La comitiva se echó hacia atrás, aterrada. Quizás creyeran que me iba a caer un rayo del cielo o algo así.
Cuando vieron que nada pasaba, reanudaron los murmullos y comentarios. Incluso, salieron a llamar más gente de afuera del negocio para que me vieran…
Resoplé, fastidiado. Pagué la cuenta y me marché caminando. Grave error. Medio Texas estaba atestado de gente en las calles para verme marchar y acosarme con preguntas disparatadas. Me esfumé sin responder ninguna. Al resultado de un simple acto de teleportacion, mi publico reaccionó maravillado y aplaudiendo a rabiar.

La escena se repetía de la misma forma allí adonde fuera. Súbitamente la gente me reconocía y me seguía. Se querían sacar fotos conmigo y me acribillaban a preguntas sobre el Más Allá.
Fuera donde fuera, era igual. No parecía haber lugar alguno del planeta donde poder ocultarse.
-¡Basta! – le exigí a las personas que insistían en seguirme por las calles de Nueva York - ¡Déjenme en paz o los mandaré a todos al Infierno!
Mi amenaza no surtió efecto. “¿Cómo es el Infierno?”, preguntaron. “¿Está Hitler pudriéndose ahí? ¿Es como decía Dante, todo fuego y torturas?”
Me agarre la cabeza y desaparecí otra vez. Me corporicé en la cima de la Torre Eiffel, en Paris, y me quedé mirando a la ciudad en silencio. Era el único lugar donde tenía paz.
…Aunque no por mucho…
-Bonito espectáculo, Luciel. Te felicito – Miguel aplaudió, irónico. Gabriel iba a su lado, ambos me miraban reprobatoriamente.
-Acabé con Azazel. ¿No? Bueno, déjenme en paz.
-Justamente, lo que no volverás a tener es paz – Miguel se me acercó – Tu imprudente accionar ha causado un gran daño al mundo. ¡Ahora todos tienen certezas de nuestra existencia!
-Querrás decir de la mía – sonreí, burlón – El mundo cree en Satanás el Diablo, no en el arcángel Miguel.
Miguel quiso golpearme. Gabriel lo detuvo.
-Contrólate, hermano – le dijo – Luciel – me miró – Miguel ha dicho la verdad. Tu accionar descuidado ha puesto en evidencia a los ojos del hombre el plan de Dios.
-¿Cómo puedes estar seguro de que todo esto no forma parte de Su plan? – retruqué. No supo qué responderme.
-¡Es una herejía! ¡No voy a escuchar esto! – Miguel se tapó los oídos con fuerza. Me reí de su reacción.
-Luciel, hay que corregir este error – dijo Gabriel.
-¿Por qué? A lo mejor ya va siendo hora de que el hombre me conozca cómo soy verdaderamente.
-Luciel, te hemos observado. Te molesta que la gente te siga.
-No es verdad. Me molesta que sean tan tontos y pesados, aunque… - pensé un momento – Puestos ya, yo mismo podría corregir sus errores respecto a mí.
-Luciel, recapacita. Todo ha sido un error que puede y debe ser subsanado.
Gabriel siguió hablando, pero no le presté atención. La idea de dar a conocer yo mismo la verdad sobre mí al mundo comenzaba a volverse sumamente atrayente.
Sí, es cierto. Otra vez estaba siendo egoísta, pensando en mí. Pero resultaba que, después de todo, la atención del público bien encarrilada podía resultar interesante.
Podía llegar a gustarme.
-Voy a hacerlo – dije – Voy a darme a conocer al mundo.
Miguel y Gabriel palidecieron.
-Solo causaras dolor – advirtió este último.
-¡Será el caos! – acotó el otro.
-Será lo que deba ser, y a lo mejor es parte del plan de Dios.
-¿Cómo puedes decir eso?
-¿Qué seguridad tienes?
-Bien, en todo caso, vayan y pregúntenle a Él. Ahora, si me disculpan…
No espere sus respuestas. Sencillamente me esfumé en el aire.