Segunda Parte
5
Fama
El
mundo se volvió loco.
De
repente y sin previo aviso, en la televisión, en los periódicos, en las radios,
en Internet, se habló y se habló hasta el cansancio del ángel luminoso, de la
batalla en el Vaticano, de la identidad del salvador del Papa.
Los
testigos presenciales del hecho salieron a hablar; me describieron con lujo de
detalles. Las filmaciones de mi transformación angélica se difundieron por la
red. Cualquiera podía obtener las imágenes y revisarlas. De hecho, se hizo y la
conclusión a la cual se llegó era que todo el asunto era autentico.
Repentinamente
el mundo tenía una cabal prueba de la existencia de los ángeles.
Y
ese ángel en cuestión, era yo.
Lucifer,
el Diablo. El Ángel Caído.
Mis
palabras al Papa dándome a conocer generaron una oleada de controversias
alrededor del globo. Estaban los que no creían que yo fuera el Diablo y los que
sí. Entre los que sí se subdividieron en aquellos que recordaban que el Diablo
es padre de la mentira y los otros, que me concedieron el beneficio de la duda.
El
cisma armado por mi presencia provocó tal jaleo que de buenas a primeras, todos
se lanzaron a especular sobre mí, sobre mi relación con Dios y sobre la vieja cuestión
del Bien y del Mal.
-Ahora
son todos teólogos – me quejé, desde un rincón de un bar de mala muerte, en
Texas, Estados Unidos. Estaba mirando la televisión que tenían en ese lugar y
en ese momento pasaron por quincuagésima vez mi cara grabada.
Un
tipo alto con sombrero de cowboy se
dio vuelta, botella de cerveza en mano y me miró, de mala manera. Pero entonces
palideció.
-¡Es
él! – advirtió, a los gritos. Todos se voltearon a verme.
De
súbito, todos me observaban como si fuera algo extraño. Yo no llevaba mis alas
ni mi apariencia celestial, pero pese al disfraz humano, podían reconocerme.
-Sí,
¿Y qué? – dije, a modo de desafío y seguí bebiéndome mi cerveza y fumándome un
cigarrillo. Las miradas de curiosidad dieron paso a expresiones embelesadas.
Varios hombres se agruparon en torno de mi figura y me preguntaron si todo era
verdad… si yo era el Diablo, tal y como la tele afirmaba.
-No
sé. ¿Qué opinan ustedes? – aburrido, enfurruñado y molesto, les di la espalda,
y entonces se echaron a murmurar. Y hasta me sacaron fotos con esos dichosos teléfonos
celulares suyos - ¡Oh, ya basta! ¡Es mi momento libre! ¡Por el amor de Dios!
¡Basta! – exclamé, exasperado. La comitiva se echó hacia atrás, aterrada. Quizás
creyeran que me iba a caer un rayo del cielo o algo así.
Cuando
vieron que nada pasaba, reanudaron los murmullos y comentarios. Incluso,
salieron a llamar más gente de afuera del negocio para que me vieran…
Resoplé,
fastidiado. Pagué la cuenta y me marché caminando. Grave error. Medio Texas
estaba atestado de gente en las calles para verme marchar y acosarme con
preguntas disparatadas. Me esfumé sin responder ninguna. Al resultado de un
simple acto de teleportacion, mi publico reaccionó maravillado y aplaudiendo a
rabiar.
La
escena se repetía de la misma forma allí adonde fuera. Súbitamente la gente me reconocía
y me seguía. Se querían sacar fotos conmigo y me acribillaban a preguntas sobre
el Más Allá.
Fuera
donde fuera, era igual. No parecía haber lugar alguno del planeta donde poder
ocultarse.
-¡Basta!
– le exigí a las personas que insistían en seguirme por las calles de Nueva
York - ¡Déjenme en paz o los mandaré a todos al Infierno!
Mi
amenaza no surtió efecto. “¿Cómo es el
Infierno?”, preguntaron. “¿Está
Hitler pudriéndose ahí? ¿Es como decía Dante, todo fuego y torturas?”
Me
agarre la cabeza y desaparecí otra vez. Me corporicé en la cima de la Torre
Eiffel, en Paris, y me quedé mirando a la ciudad en silencio. Era el único
lugar donde tenía paz.
…Aunque
no por mucho…
-Bonito
espectáculo, Luciel. Te felicito – Miguel aplaudió, irónico. Gabriel iba a su
lado, ambos me miraban reprobatoriamente.
-Acabé
con Azazel. ¿No? Bueno, déjenme en paz.
-Justamente,
lo que no volverás a tener es paz – Miguel se me acercó – Tu imprudente
accionar ha causado un gran daño al mundo. ¡Ahora todos tienen certezas de
nuestra existencia!
-Querrás
decir de la mía – sonreí, burlón – El mundo cree en Satanás el Diablo, no en el
arcángel Miguel.
Miguel
quiso golpearme. Gabriel lo detuvo.
-Contrólate,
hermano – le dijo – Luciel – me miró – Miguel ha dicho la verdad. Tu accionar
descuidado ha puesto en evidencia a los ojos del hombre el plan de Dios.
-¿Cómo
puedes estar seguro de que todo esto no forma parte de Su plan? – retruqué. No
supo qué responderme.
-¡Es
una herejía! ¡No voy a escuchar esto! – Miguel se tapó los oídos con fuerza. Me
reí de su reacción.
-Luciel,
hay que corregir este error – dijo Gabriel.
-¿Por
qué? A lo mejor ya va siendo hora de que el hombre me conozca cómo soy
verdaderamente.
-Luciel,
te hemos observado. Te molesta que la gente te siga.
-No
es verdad. Me molesta que sean tan tontos y pesados, aunque… - pensé un momento
– Puestos ya, yo mismo podría corregir sus errores respecto a mí.
-Luciel,
recapacita. Todo ha sido un error que puede y debe ser subsanado.
Gabriel
siguió hablando, pero no le presté atención. La idea de dar a conocer yo mismo
la verdad sobre mí al mundo comenzaba a volverse sumamente atrayente.
Sí,
es cierto. Otra vez estaba siendo egoísta, pensando en mí. Pero resultaba que,
después de todo, la atención del público bien encarrilada podía resultar
interesante.
Podía
llegar a gustarme.
-Voy
a hacerlo – dije – Voy a darme a conocer al mundo.
Miguel
y Gabriel palidecieron.
-Solo
causaras dolor – advirtió este último.
-¡Será
el caos! – acotó el otro.
-Será
lo que deba ser, y a lo mejor es parte del plan de Dios.
-¿Cómo
puedes decir eso?
-¿Qué
seguridad tienes?
-Bien,
en todo caso, vayan y pregúntenle a Él. Ahora, si me disculpan…
No
espere sus respuestas. Sencillamente me esfumé en el aire.

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