viernes, 18 de abril de 2014

Próximamente, en este mismo blog…


¡Llega una historia inesperada! ¡SUPERMAN: ZOMBIE! ¿Qué pasaría si el Hombre del Mañana fuera infectado por un virus extraterrestre y acabara convirtiéndose en un imparable y superpoderoso muerto viviente con un ansia atroz de devorar carne humana? ¡Averígualo en esta pequeña historia de cuatro partes en las cuales asistirás a la muerte y resurrección (de otra manera) del más grande superhéroe de todos los tiempos! ¡Una versión Z de Superman que no querrás perderte!
Próximamente, por este mismo blog.
¡Felices Pascuas a todos! XD

jueves, 17 de abril de 2014

Constantine: Fallen Angels (Siete)


7
El final de esta historia  

Interior de un depósito abandonado.
Puerto de Los Ángeles.
Papa Midnite estaba enojado.
Se hallaba en algún lugar, sentado en una silla y fuertemente atado con unas sogas de pies y manos, pero miraba a las personas (ángeles) que lo vigilaban de cerca. Ninguno le quitaba la vista de encima. Sus posibilidades de escape eran prácticamente nulas.
“Malditos sean”, pensó, hundiéndose en la amargura. Toda la situación era una mierda. Se reprochó a sí mismo por no haber escuchado el consejo de John cuando le dijo que aumentara la seguridad de su club nocturno. Prácticamente, esos tipos habían llegado y arrasado con todo y con todos. Kenny, el guardia de la puerta y sus cartas, sus clientes (demonios menores e híbridos absolutamente inofensivos), Kendra, su amiga (la bella mujer morena de lengua de reptil, la que viera Constantine cuando fue a visitarlo la ultima vez)… todos y cada uno de los que conocía estaban muertos. Yacían incinerados de adentro hacia fuera. Y no contentos con matarlos y secuestrarlo a él, le prendieron fuego también a su negocio, dejándolo totalmente arruinado.
Y ahora, iba a ser el cebo para atraer a su amigo a una trampa.
Sí. La situación era una putada. Una autentica mierda.
-¿Lamentando el final de tu corrupta vida, Papa Midnite? – le preguntó Samael, acercándose con una sonrisa en los labios. Sus seguidores bajaron la cabeza respetuosamente en cuanto llegó.
-Maldito seas – Midnite lo miró con odio - ¡No puedes hacerme esto! ¡Se suponía que yo era neutral!
-Tú mismo lo has dicho: eras neutral – Samael se cruzó de brazos – Tus días de tibio han terminado. La situación ha cambiado. Las cosas no son ya grises: o estás con nosotros o estás contra nosotros. No existen más los términos medios. Esta es una santa cruzada contra los pecadores y lo que vosotros no entendéis es que si os oponéis a mí, seréis destruidos. Así de fácil.
-¡Que le den a tu “santa cruzada”! – exclamó Midnite, enojado - ¡Cuando Constantine venga, personalmente pateara tu culo hasta el mismo Infierno!
Samael alargó una mano. Uno de sus ángeles se acercó y le puso en ella una filosa daga.
-¿Sabes? En realidad si bien te necesito con vida, eso no quita que no pueda torturarte un poco. Después de todo, eres un pecador, Papa Midnite… te has juntado con demonios y hasta puede que hayas tenido comercio carnal con ellos – el arcángel frunció el ceño – Estás corrupto… y yo debo purificarte.
Le hizo un tajo en la cara. Midnite gritó.  

***  

Sabriel lo llevó hasta la guarida secreta de Samael y juntos trazaron su plan. Para John, no era complicado. Sólo tenia que aparentar que había mordido el anzuelo que sus enemigos le habían tendido. Y eso hizo: caminó lentamente hasta la entrada del depósito, donde un par de fornidos sujetos montaban guardia.
-Hola, amigos. ¿De casualidad, alguno de ustedes tiene fuego? – preguntó, mostrándoles su cigarrillo apagado.
Los ángeles se volvieron hacia él, desplegando sus enormes alas amenazadoramente.
-Supongo que eso significa “no”.  

***  

Lo llevaron al interior del edificio, prisionero. Samael le esperaba. Midnite estaba a su lado, en muy mal estado. John observó que tenía varios cortes encima.
-John… - murmuró, mirándolo.
-Midnite – Constantine se mordió el labio inferior. Miró a Samael con odio - ¿Qué le hiciste?
-Oh, nada serio. No he tocado ningún órgano vital e importante. Sólo fue un precalentamiento… una entrada hasta la llegada del plato principal. Y veo que ya está aquí – el arcángel sonrió con malevolencia – John Constantine, el pecador más grande de todos. Volvemos a vernos las caras.
-Ya no hablas con acento tan “bíblico” como antes, Sammy – se burló John - ¿Qué pasó? ¿Al fin te diste cuenta que sonabas muy ridículo?
-Mófate mientras puedas. Lo cierto es que has sido lo suficientemente estupido como para caer en mi trampa.
-Oh, vale. He picado. Que miedo – Constantine se encogió de hombros - ¿Y que te propones hacer conmigo?
-¿Y tú que crees?
-Sí. Ya. Matarme y todo eso. Pero aun eliminándome, resulta que no tendrás las cosas fáciles. Hay otros que quieren pararte…
-¿Te refieres a Sabriel y sus seguidores? – Samael rió – Son poca cosa. Apenas una molestia, nada más.
-Yo también lo soy… y, sin embargo, te has tomado muy enserio el trabajo de eliminarme. Ahora, antes de morir, yo te pregunto: ¿Qué sentido tiene lo que haces? Dios ha muerto. ¿Acaso crees que hay alguien allá arriba al que le importe un carajo el castigo de los pecadores?
-Allá arriba ahora está Gabriel, el blasfemo. Cuando terminemos nuestra tarea en la Tierra, volveremos al Cielo y le plantaremos batalla. Yo derrotare a ese inicuo y recuperaré el Paraíso.
-…Y lo gobernaras después. ¿O acaso me equivoco? Oh, ¿no les has contado a tus seguidores esa parte del plan, verdad? – John miró a los demás ángeles que los rodeaban. Sus caras mostraban confusión – Sí, veo que no se los ha contado, chicos. Pero es verdad. Cuando su jefe derrote a Gabriel, planea convertirse él mismo en su sucesor. ¿No me equivoco, no? Te gusta el poder, ¿verdad, Samael? Que todos te teman y respeten. Antes sólo eras un simple arcángel que obedecía a Dios. Poco más que “el chico de los recados”. Ahora que Papi ha muerto, consideras que el trono que dejó vacío te pertenece por derecho, ¿verdad?
-¡Calla! ¡Cierra tu sucia boca! – estalló Samael, enojado - ¡No sabes lo que dices! ¡No entiendes ni la mitad del asunto!
-Explícamelo. Tengo todo el tiempo del mundo – Constantine se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió. Midnite lo observó, incrédulo. ¿Acaso John tramaba algo? Tenía que ser. No podía ser que se hubiera dejado capturar así como así. No. Tenía que tener un plan… de lo contrario, podrían darse por muertos.
-¡Ese puesto debería ser MIO! – dijo el arcángel, exasperado. John sonrió. Había picado el anzuelo de su manipulación psicológica. Estaba reaccionado como lo esperaba - ¡Yo era el más poderoso del Cielo! ¡No Miguel, ni Rafael, ni siquiera Uriel! Si nuestro Padre algún día se iba… si nos abandonaba por alguna razón, yo debía ser el heredero natural de Su trono. ¡YO! ¡No ese engreído de Gabriel! ¡Ese corrupto, inicuo, blasfemo! ¡Ese usurpador, sucia bestia andrógina! ¡Ese… ese…!
De repente, Samael enmudeció. Parpadeó, confundido.
Sus ángeles, sus seguidores, lo estaban observando. Por primera vez, lo miraban a los ojos.
-Samael… has cometido un pecado – dijo Zafiel. Había sido el ángel que le acercara la daga con la que torturó a Midnite – Uno muy grave: soberbia.
-¿Qué decís? ¿¡Acaso os habéis vuelto locos de remate todos!? – los miró, furioso - ¡Bajad vuestras miradas! ¡AHORA! ¡Mostradme el respeto que me debéis, la sumisión! – ninguno de ellos le obedeció. Todos se limitaron a observarlo, viéndolo por primera vez como era realmente: un pecador, soberbio y egoísta.
-Parece que te has quedado solo, Sammy – se burló John – Tu mascara se ha caído. Que pena.
-Tú… Tú… ¡Hijo de Perdición! ¡Lengua viperina!
-Gracias. Yo también te quiero.
-¡Te mataré! ¡Te mataré por esto! – Samael esgrimió su daga. Se volvió hacia Midnite - ¡Pero antes, veras morir a tu amigo! ¡Su agonía será un bálsamo, comparado con lo que te espera a ti!
-Sí. Debí suponerlo – cuando el arcángel le dio la espalda, tranquilamente John metió una mano entre sus ropas – Lo bueno es que he venido preparado para esta eventualidad…
Sacó la espada angélica que Sabriel le había entregado. Sin perder tiempo, se la clavó en la espalda. La hoja de la cuchilla lo atravesó, surgiéndole por el pecho. Samael gritó. Se produjo un fogonazo de luz y estalló un trueno. Cayó al piso, fulminado.
-Es curioso, pero tus hombres me detuvieron y nunca me registraron. Creo que en el fondo, siguen siendo ángeles: cerebros de pajarito bastante ingenuos.
 Zafiel, Mikael y los demás ángeles presentes reaccionaron tarde. Su error le vino bien a Sabriel y sus seguidores, quienes estaban aguardando ese momento para entrar, las armas en alto. Prácticamente, no tuvieron que tirar un solo tiro: muerto Samael, todos alzaron las manos, rindiéndose.
-¿Cómo la llevas, Midnite? – Constantine lo desató. El otro lo miró, tambaleándose.
-Algún día, vas a tener que decirme cómo haces esas cosas, John – suspiró.
-¿La verdad? Sólo ha sido pura suerte. Si me hubiesen registrado cuando me capturaron, estábamos perdidos. Sólo deje que el azar decidiera.
-¿El azar? – Midnite estaba indignado - ¡Que le den al azar! ¡Es un autentico milagro que todavía estemos con vida!
-El Hacedor de Milagros ya no está por aquí – John miró a Sabriel – Aunque hay quién cree que no hemos visto lo ultimo de Él… quizás tenga razón. Aunque dudo mucho que “La Resurrección: Parte Dos” llegue a ser un éxito. Dicen que Segundas Partes nunca han sido buenas.
-¿Sabes qué opino yo de eso?
-No, Midnite. ¿Qué?
-Que si en esa hipotética secuela vuelve Dios y arregla todo este desastre, yo me apunto para ver esa película.
Constantine sonrió. Le palmeó el hombro.
-Vamos, amigo… Salgamos de aquí.  

Epilogo  

Los Ángeles. California.
Tiempo después…
Sabriel se encontraba sentada en el banco de una plaza pública bajo la luz del Sol de la tarde, leyendo un libro, cuando John llegó y ocupó el lugar vacío a su derecha. Rebuscó en el interior de su gabardina oscura y sacó la espada angélica. Se la tendió a la arcángel.
-Quédatela – Sabriel sonrió. Llevaba unas bonitas gafas de Sol sobre su pálido rostro – Podría llegar a servirte de nuevo en el futuro.
-Pero es tuya – replicó él.
-Ya no la necesito – disimuladamente, Sabriel se desabrochó la chaqueta que llevaba puesta y le mostró la culata de una pistola – Ahora manejo otro tipo de armas, digamos más acorde con el mundo donde vivimos – hizo una pausa. Ocultó la pistola - ¿Cómo está Midnite?
-Se ha ido. Dejó la ciudad en el primer autobús que consiguió.
-¿De verdad?
-Fue idea mía. Los Ángeles no es territorio seguro para él ahora. Ya no. No mientras siga habiendo tipos como Samael sueltos por ahí, listos para castigar a los “pecadores”.
-Entiendo.
-¿Y que hay de sus seguidores? ¿De verdad ya no volverán a hacer de las suyas?
-Hemos capturado a todos. Te garantizo que no volverás a oír de ellos nunca más.
-Lo que debería ser todo un alivio, si no fuera porque es como dije antes: todavía hay más ángeles caídos dando vueltas, por allí fuera. ¿Qué pasara ahora? ¿Vendrán todos a por mí?
-Puede que algunos sí lo hagan. Puede que no. Confiemos en que la noticia de la muerte de Samael haga que al menos, se lo piensen dos veces antes de molestarte.
Constantine asintió. Se produjo un prolongado silencio entre ambos.
-Entonces… Esta es la despedida, nena.
-¿Vas a extrañar soñar conmigo, al menos? – preguntó Sabriel, sacándose las gafas oscuras y mirándolo. John suspiró ruidosamente – Eso quiere decir que sí, ¿verdad?
Como él no respondió, ella meneó la cabeza y sonrió con picardía. Se inclinó y lo besó suavemente en los labios. Luego, se puso de pie.
-Adiós, John Constantine. Hasta que nos volvamos a ver – dijo y se marchó caminando.
Él permaneció sentado en el banco de plaza, mirándola irse. No pasó mucho hasta que otra figura ocupó el lugar que ella había dejado vacío. Una figura que no llegó caminando ni volando. Simplemente, apareció allí.
-Tú y yo tenemos que hablar – dijo.
John resopló, indignado. Se prendió un cigarrillo, antes de dignarse a mirar al otro y dirigirle la palabra.
-¿Qué no voy a poder tener ni un solo puto segundo en paz? – protestó - ¿Y ahora que rayos quieres, Lucifer?
El “hombre” sentado a su lado soltó una carcajada. Estaba feliz de ser un incordio para Constantine, de perturbarlo. Pero no había venido por eso. Tenía motivos serios, muy serios, como para dejar su hábitat sobrenatural.
-Tenemos que hablar, John – repitió el Diablo – Sobre un asunto que pide a gritos solución. Un asunto llamado “Gabriel”… 

FIN
(Por ahora…)

Constantine: Fallen Angels (Seis)


6
Sabriel  

De nuevo, unas manos sedosas lo acariciaban. Una voz dulce murmuraba su nombre como un mantra… “John”, decía, “John”. Pero esta vez, Constantine no estaba soñando. Estaba despierto y ella estaba con él, en carne y hueso, salvo que sin alas.
Se incorporó en la cama. Su cama. Estaban en el dormitorio de su apartamento y ella lo miraba. Estaba sentada a su lado.
-¿Quién rayos eres? – le preguntó - ¿Cómo llegué hasta aquí?
La bella mujer de piel pálida lo miró con unos ojos tan grandes como lunas. Sonrió, con tristeza.
-Tranquilo. Estás a salvo. Yo te he traído – hizo una pausa – Mi nombre es Sabriel. Soy… era un arcángel.
-Vaya. Veo que es temporada de ángeles – John suspiró - ¿Por qué mejor no me cuentas de cómo va este rollo, por favor? – se estiró hasta la mesita de luz. Rebuscó en un cajón otro paquete de cigarrillos. Sacó uno y entonces vio que no tenia el encendedor encima – Mierda – masculló.
-Aquí – Sabriel se lo alcanzó – Lo siento. Estaba observándolo atentamente antes de que te despertaras. Tiene grabada la medalla de San Benito en una de sus caras.
-Si, ya – Constantine encendió el cigarrillo – Comienza a hablar.
-Pues… ¿Por dónde empiezo?
-¿Qué tal por la parte donde te metes en mis sueños y actúas como un autentico súcubo?
Sabriel se sonrojó.
-Siento haberlo hecho. Pero creía que era la única forma que tenía de llamar tu atención… Además, me gustas.
-Ya.
-Pero tienes razón. Hay cosas más importantes que esas, me imagino – Sabriel se puso de pie – Ya sabes lo que ocurrió: Gabriel, nuestro hermano caído en desgracia, te utilizó para llegar al Cielo, ante la presencia de nuestro Padre. Allí, hizo lo imposible: lo mató. Y luego ocupó su lugar.
-Eso ya lo sé – replicó John – Estuve allí. Lo vi.
-Lo que no viste fue lo que Gabriel hizo a continuación – Sabriel suspiró – ahora que había robado el Poder de Dios para sí y usurpado su lugar. Hubo una nueva guerra en los Cielos: Miguel, los otros arcángeles y yo luchamos contra Gabriel. Pero fuimos derrotados y arrojados abajo, al mundo. Y con nosotros, cayó una tercera parte de la hueste celestial…
“Muchos de mi especie estaban confundidos. En realidad, somos pocos los que conocemos la Tierra y a la humanidad y sus costumbres. La gran mayoría se oculta actualmente en todas partes, en las grandes ciudades, y sobreviven como pueden. Otros, como Samael –a quién has tenido la desgracia de conocer– han juntado a muchos en diversas facciones. Justamente, Samael cree que debe hacer la verdadera obra del Señor castigando a las almas de los pecadores en vida. Esos ángeles que comanda creen que cuantos más pecadores sean destruidos, erradicados de la faz de la Tierra, más rápido podrán volver al Cielo. Por supuesto, es toda una mentira. Samael sabe como yo sé que el Cielo nos ha sido vedado por toda la eternidad… o, al menos, hasta que Dios regrese y ponga las cosas otra vez en orden”.
-Te tengo malas noticias, preciosa: Dios no va a regresar – John negó con la cabeza – Está muerto. Ya nunca volverá.
-No puedes estar seguro de eso – replicó Sabriel – Cuando estuvo en la Tierra, cuando fue Cristo, también murió y luego resucitó. Él volverá, estoy segura de ello.
-Cree lo que quieras, muñeca. Es tú problema – Constantine se encogió de hombros – Yo sé lo que vi. En lo que a mi respecta, Dios está muerto. Pero nos desviamos del punto: has dicho que ese Samael lidera una facción de ángeles caídos que creen que al quemar a la gente están haciendo la voluntad de Dios…
-Así es. Es lo que ellos creen. Es lo que él –Samael– les ha dicho.
-Entonces no van a parar.
-No. A menos…
-¿Qué?
-A menos que Samael sea detenido. A menos que muera.
Silencio. John asintió.
-De modo que ahora que son medio mortales, pueden morir – dijo.
-Ya lo has visto. Durante tu combate contra sus huestes, has matado a algunos de ellos…
-También vi cómo un grupo de hombres armados irrumpían en el lugar y también lo hacían. ¿Alguna revelación sobre esta gente que deba saber?
-Son mis seguidores – le explicó Sabriel – también son ángeles. Pertenecemos a una facción que esta en contra de los abusos de Samael. Hemos decidido combatirlo. Por eso, vine a ti. Primero en sueños y ahora, en persona. A solicitarte me ayudes a acabar con esta guerra…
-Tesoro, esta no es mi lucha.
-Ahora lo es – Sabriel lo miró con firmeza – Has dedicado toda tu vida a combatir a la oscuridad y a sus representantes. Bien, Samael y sus seguidores son una nueva cara de esa oscuridad. No puedes darle la espalda. Además, ya te lo dije. No se detendrán. Seguirán matando personas día tras día, noche tras noche. ¿Cuánta gente tiene que morir hasta que decidas pararlo?
Silencio otra vez. John frunció el ceño. Odiaba admitirlo, pero ella tenía razón. Tenia que acabar con ese Samael, y cuanto antes, mejor. Todavía tenía una situación grande de fondo que atender: la ascensión de Gabriel a nueva deidad cósmica.
Sospechaba que Gabrielito no se estaría quieto para siempre. Algo se traía entre manos. A estas alturas, sería evidente para él que John estaba vivo y no muerto como lo había dejado. El favor se lo debía a Anubis, el dios egipcio de los muertos con cabeza de perro… pero esa era otra historia.
-Lo haré – concedió John – Liquidaré a ese bastardo… claro, cuando sepa como hacerlo. Sospecho que pese a haberse vuelto mortal en parte, es inmune a todos los trucos que conozco.
-Con esto podrás acabar con él – Sabriel extendió una mano. Una espada corta, como un cuchillo largo y plateado, se materializó en ella.
-¿Qué es eso?
-Esta es mi arma. Es una espada angélica. En el Cielo, solíamos usarlas como nuestras armas personales – se la entregó a Constantine – La hoja de esta cuchilla está bendecida setenta mil veces. Con ella, podrás matar a Samael.[1]
-Es bonita – John la sopesó en su mano – y muy ligera – cortó el aire con ella. Miró a la arcángel a los ojos – Gracias.
Ella volvió a sonrojarse. Bajó la vista un momento. Cuando la volvió a subir, la preocupación teñía su rostro.
-¿Qué? ¿Qué sucede?
-Hay algo que debes saber… ocurrió mientras estabas inconsciente…
A John no le gustaba como sonaba aquello.
-¿Qué pasó?
-Samael… está decidido a destruirte. Sabe que eres un escollo para sus planes… por eso, ha ido tras tu amigo.
-Mi… amigo – Constantine saltó fuera de la cama, comprendiendo - ¡Midnite! ¿Cómo…?
-Fueron a su club. Entraron por la fuerza. Mataron a todos y destrozaron el lugar…
-Pero… Midnite…
-A él se lo llevó con vida. Lo utilizará como cebo para atraerte a su trampa. Solo que no iras solo, John – Sabriel le apoyó una mano en el hombro. Desplegó sus alas negras en su espalda, alas de cuervo – Mis seguidores y yo te apoyaremos. ¡Juntos destruiremos de una vez y para siempre a Samael! 


[1] En esencia, el arma se ve igual a la que usan los ángeles de la serie de TV “Supernatural”. Remito al lector a buscar imágenes de la espada angélica tal y como aparece en dicha serie. Al verla, sabrán cómo es el arma que Sabriel le entrega a John.

Constantine: Fallen Angels (Cinco)


5
Terror Sagrado  

Constantine volvió al club de Midnite aquella noche. Otra vez se topó con el hombre de seguridad y su bandeja con las cartas. Tomó una y sin mostrársela a John, la alzó esperando su respuesta.
-Mira, no tengo tiempo para esto… - empezó él.
-Son las reglas – dijo el hombre y con eso pareció explicarlo todo. Siguió con la carta en alto, aguardando por una respuesta.
John fumó su cigarrillo con violencia. Pensó en darle un puñetazo a ese infeliz y zanjar la cuestión allí mismo, pero optó por lo contrario. Contó mentalmente hasta diez y se calmó.
-Una estrella – dijo – De cinco puntas. Hacia arriba.
El hombre miró a la carta. Una sonrisa se formó en sus labios. La volteó para que Constantine la viera.
-Un circulo – constató, alegremente – Te has equivocado. Lo siento, pero no puedes pa…
¡PAF! Finalmente, el puño de John salió eyectado hacia la cara del otro. El hombre de seguridad y sus cartas acabaron en el suelo, desparramados.
-Intenté ser amable… Dios sabe que lo intenté – murmuró, mientras entraba en el club – A veces, simplemente no funciona.
De nuevo, la concurrencia era poca y la que había se volteó para dedicarle miradas de rencor. John no perdió el tiempo con ese hatajo de perdedores y fue directo a la oficina de Midnite.
-Necesito información, Midnite – dijo, entrando. El hombre de piel negra se hallaba sentado en un amplio sillón, fumando. No estaba solo; una bonita morena lo acompañaba – sobre ángeles.
-Ya decía yo que el ambiente se había enrarecido y me preguntaba por qué. Cada vez que entras en mí negocio, siento malas vibraciones en el aire – Midnite apagó su cigarrillo en el cenicero colocado en la mesita que tenia enfrente – Ve a bailar y a beber algo, muñeca. Luego seguimos con lo nuestro.
La morena le dirigió una sensual mirada a Midnite y sumisa, obedeció. Cuando pasó al lado de Constantine, le sacó la lengua: era larga y bifida, como la de una serpiente.
-¿Ahora intimas con demonios, Midnite? – comentó John, mordazmente – Creía que eras neutral…
-Soy neutral… pero también soy hombre – sonrió – Y además, creía que los ángeles se quedaban en el Cielo, John. Pero parece que ahora no es así.
-Y que lo digas. La otra noche fui atacado por uno que se veía igual a la zorra de Britney Spears cuando comenzó su carrera. Acababa de matar a la cuarta victima.
-¿Y como es que todavía estás aquí?
-La perra no pudo liquidarme porque me defendí a balazos. Le pegué un tiro en un ala. ¿Y adivina qué? Sangró. Dejó una muestra de esa sangre, la hice analizar y… ¿A que no sabes qué descubrí?
-Que era pura y simplemente sangre humana normal.
-Así es. Lo que no tiene ningún sentido, porque como ambos sabemos y muy bien, los verdaderos ángeles no sangran. ¿Qué está pasando, Midnite?
-Lo que sospechaba y no había querido contarte antes: que la caída de los ángeles y los asesinatos en la ciudad están conectados.
-Espera un segundo – John pensó un momento - ¿Me estás diciendo que los asesinatos los están cometiendo una banda de ángeles caídos?
-¿Y quienes, sino? Tú mismo me acabas de decir que uno de ellos intentó matarte. Toda la evidencia indica que son ángeles que están en la Tierra ejecutando a gente que solo tienen una cosa en común entre ellos: pecados.
-Pero la que me atacó, Midnite… le pegué un tiro y sangró. Sangre humana y normal, recuerda. ¿Cómo se explica eso?
-¿No usabas munición especial?
-No. Era una bala normal.
Papa Midnite meditó un segundo la cuestión.
-Lo único que se me ocurre es que cuando Gabriel los expulsó del Cielo y cayeron a la Tierra, se volvieron en parte mortales. Eso explicaría el que pudieras herir a ese.
-Genial. Como si no tuviéramos suficiente, ahora hay una panda de ángeles sicóticos y justicieros por ahí sueltos, cazando pecadores – John resopló, hastiado – Maldito Gabriel. Si hay un culpable de todo esto, es él.
Se dio la media vuelta. Otra vez se marchaba.
-¿Adónde vas ahora? – le preguntó Midnite. John se detuvo en la puerta, antes de salir.
-Voy de cacería. A atrapar a un par de pájaros – dijo – Y yo que tú, redoblaría la seguridad de este sitio y cambiaria al gorila de la puerta con sus cartas. Odio tener que ser quien deba decírtelo, Midnite, pero tus días de ser Suiza acabaron. Ahora estamos en Irak… o peor aun, en Afganistán.  

***  
Constantine volvió a su apartamento. Comenzó a prepararse para el combate: se guardó entre sus ropas su manopla de oro bendecido –por si tenía que repartir golpes y estaba seguro de que habría más de uno–, varias granadas “Aliento de Dragón” –unos explosivos que resultaban muy eficaces contra enemigos en grupo–, recargó su “escopeta sagrada” con munición fabricada con metales benditos, tomó su “Purgador” –una potente ballesta de funcionamiento mecánico que disparaba flechas de punta de acero– y, finalmente iba a llevar consigo también sus “bombas de agua bendita”, pero optó por no hacerlo. Servían contra demonios, pero estaba seguro que contra ángeles iban a ser lo mismo que combatir a un tiburón con una pistolita de agua.
“Bien. El tema armas está listo”, pensó, “Ahora viene lo más difícil: si fuera un ángel caído, con ínfulas de justiciero divino, ¿dónde me escondería?”
Desplegó un mapa de L.A sobre una mesa. Revisó los diferentes barrios donde se habían cometido los crímenes.
“¿Qué tienen en común todos estos sitios?”, meditó un segundo. “Todas son zonas marginales… y las victimas tenían este enlace de pecados entre sí, estos vicios: droga, prostitucion, violación… algo debe haber (aparte de esto) que una a estos vecindarios… tal vez…”
Y de repente, como quien enciende una lamparita en un cuarto totalmente a oscuras, la luz iluminó el cerebro de John.
-Claro… Por supuesto – se dirigió a la puerta - ¿Cómo no lo vi antes? ¿Qué otra cosa tienen en común esos sitios, aparte de los marginales que viven en ellos? ¡Iglesias! ¡Iglesias cristianas! ¡Allí se esconden!  

*** 

Constantine se paró en la puerta. Por fuera, la fachada era la de una simple iglesia católica más. Un gran edificio con chapiteles góticos y vitrales con dibujos de santos y de ángeles. No surgía de ella ningún sonido peculiar ni ningún aroma extraño, más allá del de las velas encendidas. En esencia, se veía como cualquier otra iglesia. Ubicada en un barrio marginal, sí, pero… ¿No era esa gente la que necesitaba más que nadie la ayuda del Señor?
Y así sería, razonó John, si no existiera un pequeño GRAN inconveniente: Dios había muerto, y ahora sus hijos celestiales estaban en la Tierra… y no se estaban portando precisamente bien que digamos.
Constantine entró. El interior de la iglesia lo recibió con una calma antinatural. Algunos feligreses – bastantes, para la hora que era – rezaban en silencio sentados en sus bancos de madera. John caminó lentamente en el clima silencioso hasta cerca del altar. Se volvió y miró a las personas reunidas…
Nadie le devolvió la mirada. Ninguno lo hizo. Y es que por más que hubieran querido hacerlo, no podían: todos y cada uno de ellos tenían los ojos chamuscados.
Todos estaban muertos. Incinerados de adentro hacia fuera. Lo habían hecho mientras rezaban y los cuerpos así quedaron. Con la escasa iluminación del interior de la iglesia, era lógico confundirse y creer que aquella gente estaba viva y solamente rezaba, pero no. Estaban muertos.
-¡Muy bien! ¡He venido por ustedes! – gritó John. Nadie respondió - ¡Sé que están aquí! ¡Salgan a comer, pajaritos! ¡Tengo balas para cada uno de ustedes!
Hubo movimiento a su izquierda y también a su derecha. Dos sujetos aparecieron desde detrás de las imágenes de San Pedro y San Pablo. Constantine los observó y vio sus grandes alas blancas desplegarse un momento y sus ojos brillando… antes de que con un alarido y portando unas filosas dagas, los dos ángeles caídos intentaran matarlo. Los despachó a los dos de varios escopetazos en el pecho y en la cabeza.
No hubo tiempo para reponerse del primer ataque, que ya venían más. Un numeroso grupo de ángeles bajaron del techo abovedado, batiendo sus alas con furia. John descargó sobre ellos toda la munición de su arma, algunas granadas “Aliento de Dragón” y luego, pasó a usar la ballesta. Un ángel acabó ensartado por una flecha contra una pared, otro cayó alcanzado en pleno vuelo y se desplomó contra el altar, derrumbándolo. Otros tantos perecieron incinerados por el fuego místico de la bilis de dragón de las granadas, al explotar debajo de ellos…
Constantine tenia las de ganar al principio, pero entonces más ángeles caídos empezaron a llegar, como refuerzo de los que había vencido. Y la balanza se inclinó para el otro lado. Muy fácilmente, entre todos lo redujeron y después de desarmarlo a la fuerza, tres lo sostuvieron por los brazos y la espalda, inmovilizándolo, mientras un cuarto acercaba una daga peligrosamente afilada a su cuello. Un quinto lo detuvo, antes de que le seccionara la garganta.
-¡Espera! – le dijo el ángel a su compañero - ¡No lo mates! Samael se hará cargo. Éste es suyo.
-¡Suéltenme, malditos! ¡Quítenme las sucias manos de encima! – John se revolvió, incapaz de liberarse de sus captores. Las alas de todos habían desaparecido. Se mostraban ante él con sus apariencias terrenales.
-Eres bravo, John Constantine – dijo el quinto ángel, el que evitó que le mataran – Con justa razón, te temen los demonios…
-¡Harías bien en hacer lo mismo, palomita! – le espetó John, desafiante – Bueno, ¿a qué diablos esperan? ¡Mátenme de una puta vez!
-No – el ángel negó con la cabeza – Esa no es nuestra misión. Por más que deseamos castigar tu alma pecadora, no vamos a hacerlo. Ese es el privilegio puro y exclusivo de nuestro Señor, Samael. Él decidirá si vives… o si mueres.
-¿Y dónde diablos está ese “Samael”? ¡Que venga, si se atreve!
-Claro que me atrevo – tronó una voz.
Las puertas de la iglesia fueron sacudidas por un fuerte viento, abriéndose y cerrándose. Un ángel brillante con alas de fuego entró en el lugar. Sin soltarlo, los que capturaron a John bajaron la mirada en señal de respeto. Él no lo hizo. Observó cómo la fabulosa imagen se convertía en la de un hombre común, de pelo color zanahoria y vestido con traje de negocios.
-El famoso John Constantine – dijo Samael, acercándosele – Tu nombre ha sido pronunciado con cierto temor y respeto por varios de los nuestros. Creo que exagerabais, Zafiel – miró al ángel que hablara con Constantine – Realmente, es poca cosa.
-¡Suéltame y te mostraré lo que esta “poca cosa” puede hacer, hijo de puta!
Samael sonrió peligrosamente. Miró a sus soldados.
-Soltadlo – ordenó.
-Mi Señor… ¿Será prudente…?
-¡Dije que lo soltéis! ¿Acaso vais a contradecir mis órdenes, Zafiel? ¿Queréis todos acabar como vuestra hermana, Samandriel?
Zafiel enmudeció. Los demás ángeles obedecieron. Soltaron a John y se apartaron.
-Curiosa forma de hablar la tuya, “amigo” – Constantine sacó un cigarrillo de su paquete – Tienes un acento muy “bíblico” – se lo llevó a la boca. Comenzó a buscar su encendedor - ¡Rayos! Me lo he dejado en casa, parece…
-¿Necesitas fuego? – Samael abrió una mano. De su palma surgió una flama – Toma el mío.
-No, no, no… Sé que no lo dejé en casa… recuerdo bien que lo tenia por aquí – rebuscó bajo su gabardina – A ver… sí, aquí está.
Sacó su manopla de oro. Le descargó un golpe con ella al arcángel en pleno rostro.
No ocurrió nada.
-Mierda…
El puñetazo no surtió el más mínimo efecto. Samael lo miró con frialdad. Alargó una mano y lo aferró de las solapas de su traje. Lo levantó fácilmente unos centímetros sobre el suelo.
-Eres un pecador, John Constantine – le dijo el arcángel. Sus ojos brillaban – y vas a ser castigado por ello.
Convocó el fuego otra vez con su otra mano. Una enorme flama se elevó. Se disponía a quemarlo con ella…
Se produjo un disparo. Uno de los ángeles seguidores de Samael cayó fulminado de un balazo en plena frente. Las puertas de la iglesia se abrieron de par en par y un grupo de hombres armados entraron, abriendo fuego indiscriminadamente sobre todos los presentes.
-¡Emboscada! – gritó Zafiel y reveló sus alas. Lo mismo hicieron sus compañeros. Echaron a volar por el aire como una bandada de palomas acorraladas.
-¡Malditos seáis! – rugió Samael. Arrojó a Constantine en dirección de una columna. Se volvió hacia sus sorpresivos atacantes y adoptó su forma angélica. Las alas de fuego brillaron con fuerza, mientras el arcángel y su grupo emprendían la huida, atravesando a la velocidad del rayo los vitrales de la iglesia y perdiéndose en la noche.
En un rincón, a los pies de la columna y luego de darse un fuerte golpe en la cabeza, John yacía inconsciente. No pudo ver cómo el grupo armado se le acercaba y uno de ellos se agachaba para ayudarlo…
Se trataba de una chica.
La chica de su sueño.

miércoles, 16 de abril de 2014

Constantine: Fallen Angels (Cuatro)


4
El Arcángel de Fuego 

Tiempo después.
Interior de un Hospital.
-Podría ayudarte, John, si al menos me dijeras lo que debo buscar en la muestra de sangre que me trajiste – replicó el viejo médico, sentado delante del microscopio y cambiando las plaquetas.
-Si lo supiera, Dr. Church, no necesitaría su ayuda – replicó a su vez Constantine, parado detrás de él y fumando, pese al cartel que indicaba expresamente que estaba prohibido hacerlo dentro del hospital – Solo busque algo anormal.
-Anormal – Church suspiró, colocándose sus gafas – Desde que nos conocimos, hace cinco años atrás, todo lo relacionado contigo invariablemente es “anormal” – observó por el microscopio. Cambió la graduación – Si no supiera a lo que te dedicas… si no lo hubiera visto con mis propios ojos, ni tú ni yo estaríamos sosteniendo esta conservación en este momento aquí y, desde luego, yo no arruinaría posiblemente mi reputación de médico respetable convirtiéndome en el asesor personal de un sujeto del que se cuentan las historias más retorcidas que he oído jamás. Lo dicho: si no hubiera visto con mis propios ojos cómo acababas con ese vampiro, nunca llegaría a creer en lo sobrenatural… y, pues claro, nunca te hubiera podido ayudar.
El Dr. Church hacía referencia a un viejo caso de Constantine que los tuvo a ambos como protagonistas. Corría el año 2009 y un poderoso vampiro europeo llamado Lestan Gregor llegó a la ciudad. Su presencia trajo, como no podía ser de otra manera, la inevitable epidemia de anemia que surgió por culpa de sus ataques. Church atendió a las victimas de Gregor, en el proceso conoció a John y su peculiar trabajo. Luego, lo vio luchar contra el vampiro en persona y acabar con él.
Era una aventura vieja y en el momento presente que nos atañe a esta historia, irrelevante. Mientras el viejo médico analizaba la sangre sacada de la pluma del ángel herido, Constantine se limitó a fumar en silencio, esperando.
-Hmmm… Bueno, necesito los resultados de las pruebas de laboratorio para estar totalmente seguro, pero por ahora no veo nada anormal.
-¿Eso qué quiere decir?
-Que se ve como sangre humana normal. Tiene glóbulos rojos y blancos como cualquier otra. Pero, te lo repito John: necesitaré los resultados de las pruebas de laboratorio para estar seguro.
-Vale – Constantine se dirigió a la salida – Haga examinar la muestra y comuníqueme los resultados luego. Supongo que sigue teniendo mi número de celular…
-Por supuesto. Pero, ¡espera! ¿No vas a darme más pistas? ¿Qué sucede? ¿Vampiros otra vez?
-Ojala fuera tan simple, Doc. Hasta luego – sin dar más explicaciones, John se marchó. Church suspiró de nuevo.
-Que tipo tan raro – comentó, volviendo a su trabajo.  

***  

Interior de un depósito abandonado.
Puerto de Los Ángeles.
Entre viejas cajas de madera y demás trastos inútiles dejados a la buena de Dios en el interior de la que antes fuera una nave industrial de una compañía naviera, tres personas aguardaban la llegada de una cuarta. Era un trío de lo más singular y no parecían tener la más mínima cosa en común, salvo la belleza de sus facciones.
Estaba el hombre alto y fornido, de cabello largo y gabardina negra, que había matado a la prostituta Cassandra. El joven del traje gris que liquidara al vagabundo drogadicto y finalmente, la adolescente rubia vestida de rosa, la cual había luchado contra Constantine, siendo herida en un ala y teniendo que huir del lugar.
Como se ha dicho, los tres no tenían nada en común, salvo la belleza física… y los asesinatos que habían cometido. Y que los tres eran en realidad ángeles. Caídos, pero ángeles igual.
-¿Cómo has podido ser tan inconsciente de enfrentarte a él, Samandriel? – le preguntaba el joven del traje gris a la chica - ¡Y encima sola! Una inconsciencia total. Absoluta.
-¡No es mi culpa, Zafiel! – replicó ella - ¿Cómo iba a saber que justo pasaría por ahí? No soy omnisciente, ¿sabes? No soy Él.
-El Cielo nos libre de querer a otro que ocupara Su lugar. Ya para eso lo tenemos al demente de Gabriel – opinó el hombre de la gabardina negra, moviendo la cabeza y poniendo cara de disgusto – Maldito Gabriel… ¡Si no nos hubiera arrojado de nuestro reino, no nos veríamos envueltos en toda esta situación de mierda!
-Calma, Mikael – dijo Zafiel – Ya nada podemos hacer para remediarlo. Al menos, nosotros no. Confiemos en que Samael sepa cómo podemos recobrar nuestra gloria perdida.
-Claro que lo sé. ¿Acaso dudáis de mí? – preguntó una atronadora voz.
Hubo un fuerte destello de luz. Los tres ángeles caídos se postraron respetuosamente ante la figura que había llegado. Al instante, lo que parecía una forma inmensa, de alas llameantes, se redujo y adquirió la forma de un hombre común, de cabello color naranja y vestido con un riguroso traje de negocios.
Samael, antiguo Señor del Sexto Cielo y uno de los arcángeles más importantes del Paraíso, después de Gabriel, Miguel, Rafael, Uriel y Sabriel, observó a sus discípulos con fría superioridad. Ninguno de los tres ángeles que se encontraban allí osaron levantar la mirada siquiera para verle. La mantenían baja en todo momento, en señal de respeto.
-¿Qué os pasa? ¿Acaso habéis perdido la fe que me profesáis? ¡Hablad![1]
-Mi Señor, creo que hablo en nombre de mis compañeros y de mí al decirle que en ningún momento hemos fallado a la fe que le tenemos – se apuró a decirle Zafiel – Es solo que… comprenda: la situación en el plano terrenal no es fácil.
-¿Y acaso creéis que yo también no la paso igual que vosotros de mal? – replicó Samael, enojado - ¡No ha habido un momento en el que no maldiga el nombre de nuestro hermano Gabriel por el inmenso pecado que ha cometido! ¡Su blasfemia ha mancillado la pureza inmaculada y prístina del Cielo! ¡Lo haré pagar por esto! ¡Cuando llegue el momento, todos os vengareis de él, junto a mí, ayudándome! Pero ahora, necesitáis cumplir con la misión que os ha sido encargada: habéis de limpiar esta corrupta ciudad de pecadores. Sólo cuando todas las almas malditas ardan en el Infierno, podremos empezar a prepararnos para reclamar el Cielo, no antes. ¿Comprendéis?
-Sí, poderoso príncipe – asintió Zafiel – Pero todavía tenemos un problema, mi Señor… John Constantine, el exorcista, el cazador de demonios… nos ha visto. Pronto sabrá de nosotros. Vendrá a buscarnos.
-¿Y quién de vosotros, insensatos, os habéis revelado ante ese mortal? – los ojos de Samael brillaron como tizones encendidos.
Zafiel dudó. Tragó saliva. Miró de reojo a Samandriel. La chica sudaba.
Samael se acercó a ella. La miró con dureza un momento, antes de ordenarle levantarse.
-Tu impertinencia podría costarle la vida a todos tus hermanos caídos en desgracia – le dijo – Eso no puede y no debe ser tolerado.
-Mi Señor, yo… - Samandriel tartamudeó. Se animó a mirar al arcángel a los ojos. Fue su último acto en la vida.
Samael había extendido su mano, tocándola en la frente. Como les sucediera a sus victimas, la joven ángel gritó cuando una energía poderosa surgió de quien la tocaba y la incineró, de adentro hacia fuera. Cayó pesadamente al suelo, muerta.
Zafiel y Mikael se quedaron helados, pero ninguno se movió de su sitio. Ninguno de ellos se atrevió a cuestionar a su Señor, pese a que lamentaban terriblemente la pérdida de Samandriel.
-Que lo que ha pasado os sirva de lección al resto – les dijo Samael – Vuestras misiones deben continuar. Iros.
-Pero mi Señor… ¿Y John Constantine?
Samael sonrió.
-Me encargaré de él personalmente.

[1] El usual lector encontrara curiosa la forma en la que el personaje de Samael habla. Podemos decir que estaría usando una forma “bíblica” de lenguaje. He preferido hacerlo así para acentuar su procedencia celestial, tan ligada al Poder y la Presencia de Dios y su rol como Arcángel de su Corte Celestial.