domingo, 25 de enero de 2015

Los Nombres Muertos, de Jesús Cañadas


H. P. Lovecraft ha recibido una propuesta imposible: buscar el Necronomicón. Un libro maligno que no existe, y eso Lovecraft lo sabe por una sola razón: porque es su más célebre invención literaria.
En 1919, el escritor americano Howard Phillips Lovecraft escribió el relato “El Sabueso”. En sus páginas se mencionaba por primera vez el Necronomicón, un tomo de magia negra rodeado de una siniestra leyenda.
Doce años después, la misteriosa viuda de un multimillonario neoyorquino convence a H. P. Lovecraft de que lidere una expedición para encontrar el supuesto libro maldito.
Acompañado de los escritores Frank Belknap Long (Los perros de Tíndalos) y Robert Erwin Howard (Conan), Lovecraft se embarcará en una búsqueda desde su Providence natal hasta el Londres de la moribunda sociedad Golden Dawn o el Berlín de entreguerras, pasando por mortíferos acantilados portugueses o ruinas enterradas bajo la ciudad de Damasco.
En la telaraña de secretos que rodea el Necronomicón, Lovecraft y sus compañeros se enfrentarán a peligros mortales, sociedades secretas y cultos olvidados dispuestos a matar por averiguar la verdad sobre el libro. Su expedición se convertirá en una trepidante aventura en la que se cruzarán con personajes como Aleister Crowley, Arthur Machen o un joven J.R.R. Tolkien.
MI OPINION SOBRE ESTA NOVELA:
Cuando decidí abordar este libro, tenía como referencias un monto de críticas positivas que encontraba por todos lados de fans incondicionales de los Mitos de Cthulhu. Movido por todo ello, es que decidí sumergirme en sus trepidantes páginas, llenas de acción y aventura. Sin duda, la premisa argumental sonaba muy atractiva: la búsqueda del Necronomicón, libro maldito si los hay (ficticio, por supuesto). Y se volvía más atrayente si le sumábamos al mismísimo creador del susodicho manuscrito, H.P.Lovecraft. Esta fantasía asombrosa sólo podía ser buena, me dije. Que digo buena, condenadamente excelente. De alguna manera, la utilización de personas reales como personajes de ficción siempre es atractiva –aunque es algo difícil de manejar, si no se tiene cierta destreza–. La obra en cuestión contiene el agregado extra de hacer cameos de otros escritores famosos, como Arthur Machen y Tolkien, por ejemplo. El único paralelismo que se me vino a la mente al momento de leer esta novela, era el excelente trabajo que Félix J. Palma había hecho con su H.G.Wells en la Trilogía Victoriana. ¿Podría Jesús Cañadas haber hecho algo semejante con el genio de Providence y su entorno?
Y es así que me dediqué a leer el libro… y con gran pesar, debo escribir ahora esta crítica, que desde ya voy avisando que no es para nada favorable.
Efectivamente, Cañadas no es igual que Palma, como tampoco Lovecraft es igual a Wells. Y si bien la aventura está a la altura de lo que se espera –el libro entero me ha parecido un cruce entre “La Novena Puerta”, aquella película donde Johnny Depp se dedicaba a buscar un viejo grimorio maldito, y las aventuras de Indiana Jones– no sucede lo mismo con los “personajes”. O lo que viene a ser diferente, la forma en la que el autor encara a los personajes…
Para empezar, hacer hablar a Lovecraft a cada párrafo como si recitara una prosa elegante me pareció enfangado y arriesgado. Difícilmente veo factible que el Lovecraft real, a cada tanto que hablara, lo hiciera con la misma floritura elegante que demostraba en sus cartas y sus escritos. Saquémonos las caretas, damas y caballeros: yo no hablo como escribo. Me encantaría, pero no. Y no creo equivocarme si digo que tampoco creo que Howard Phillips Lovecraft hablara como escribía sus obras. Que sería una persona culta y educada, eso sí. Pero que cada vez que hablaba en persona con alguien, lo hiciera como si compusiera alguna de sus novelas, lo dudo mucho.
Otro tema ríspido para mí han sido ciertas libertades que Jesús Cañadas se ha tomado para con otros de los personajes reales que aparecen en el libro. Con el pobre de Arthur Machen no ha tenido miramientos y no hablemos de lo que le pasa al pobre del joven Tolkien… sin duda, los fans de “El Señor de los Anillos”, de llegar a leer aquel pasaje donde aparece y al ver lo que le pasa, empezaran a encender las hogueras para quemar al autor y su obra.
Bromas aparte, debo decir que, si bien –como he dicho antes– la aventura está a la altura de una típica de Indiana Jones y todas sus peripecias, a mí en lo personal se me volvió pesada. En vez de disfrutar el libro y la aparición de varios de los autores del Círculo de Lovecraft, lo he padecido. Además de que casi podría tildar de controversial la elección de los autores que acompañan a Lovecraft en su búsqueda del libro maldito… No puedo decir que conozca demasiado de Frank Belknap Long, amén de sus “Perros de Tíndalos”, ni de Robert Erwin Howard (el creador de Conan). ¿Por qué no haber incluido en el grupo a August Derleth? ¿Quizás porque para la época en que está ambientada la historia, era demasiado joven? ¿O porque era católico? Como fuera, muchos se olvidan de que gracias a Derleth, el grueso de la obra de Lovecraft no cayó en el olvido. Y, sin embargo, Cañadas no le usa en su novela. Una pena.
EN SINTESIS:
A mí no me gustó. Lo que no quiere decir que sea un libro malo. Todo lo contrario. Es muy bueno. Pero a mí, como fan de HPL, no me conformó. Si en vez de disfrutar la lectura de un libro comienzo a padecerla y a pasar páginas una detrás de otra a las apuradas para desentrañar el susodicho misterio (¿es real o no el Necronomicón?) entonces quiere decir que no me gusta. Ojo, vuelvo a aclararlo: es una opinión personal. Que a mí no me guste no quiere decir que ustedes, queridos lectores, puedan (y decidan) comprarlo. Adelante. A lo mejor a ustedes le gusta. Espero que sí.
Saludos a todos.

jueves, 22 de enero de 2015

Relatos Oscuros, Vol 01


Antologías de relatos sobre los Mitos de Cthulhu, hay muchas. Últimamente, es relativamente fácil ir a una librería y hallar alguna. Ahora, que sea una antología buena o no, eso es otra cosa. En concreto, la que nos ocupa es relativamente buena. No podía ser de otra manera, echando un vistazo a los nombres de cuyos autores engalanan sus páginas con sus relatos. Yo ya había leído el Volumen 02 de esta colección y, por suerte, ahora he podido hacerme con un ejemplar del número 01. He aquí mis opiniones respecto a cada cuento que conforman el tapiz de horror cósmico de sus páginas…
Edición Fría, de Ramsey Campbell. Con este relato, se inicia la antología. Un viejo conocido en el mundo de Cthulhu y compañía, su autor. Trata sobre un peculiar coleccionista de libros raros y su encuentro “nada casual” con Y’Golonac, una de las tantas monstruosidades que pueblan los Mitos. Un relato no muy extenso un tanto regular, aunque a mi juicio, se deja leer.
Los Engendros de Dagon, de Henry Kuttner. Relato con guiños de fantasía heroica de espadas y brujerías, tipo “Conan, el Bárbaro”. Trata sobre dos ladrones trúhanes, Elak y Lycon, quienes son contratados por un enigmático personaje que les encomienda una misión: matar a Zend, el brujo más poderoso de la Atlántida. Personalmente, no me gustan ni consumo relatos y novelas de fantasía heroica de espadas y brujería, pero el de esta ocasión ha estado bastante pasable. La aberración salida de los Mitos escogida en esta ocasión es Dagon… o, lo que viene a ser lo mismo, su oscura progenie. Unas criaturas escamosas y tentaculares, primas cercanas de los Profundos de Lovecraft.
Fat Face, de Michael Shea. Es la historia de Patti, una prostituta de Hollywood particularmente atraída por un misterioso hombre de cara gorda –de ahí el título–, dueño de una clínica de hidroterapia y de un singular hospital veterinario. Pese a que todas sus amigas –y compañeras de trabajo– se burlan de él, Patti siente por el obeso hombre una inexplicable simpatía… lo que acabará llevándola a yacer con él y descubrir el horror que su inocente fachada oculta. Las aberraciones de los Mitos de Cthulhu presentes en este relato interesante son los Shoggoths. Y ustedes me preguntaran –si es que no son versados en la mitología de Cthulhu– ¿qué es un Shoggoth? Buena pregunta. Lo descubrirán ustedes mismos cuando lean el relato –si deciden hacerlo–… y, como la protagonista del cuento, lamentaran haberlo hecho.
H.P.L, de Gahan Wilson. ¿Una palabra para describir este relato? MARAVILLOSO. Y sin pudor, he aquí otra: GENIAL. Es una autentica ucronia, donde el mismo Lovecraft sale en persona. La trama es la siguiente: en vez de morir de cáncer en 1937, el maestro del terror de Providence consigue llegar casi al centenario luego de realizar un aparente pacto fáustico con las entidades de los Mitos. Edward, un fanático de la obra de Lovecraft, acude en el presente a visitarlo en su mansión en Rhode Island, donde descubre que todo aquello que creía ficción es la más pura, completa y aterradora verdad… El relato en sí mismo es brillante por donde se lo mire y –a su modo– respetuoso con la figura del mismo H.P.L, convertido por el autor del cuento en un auténtico nigromante y conocedor –y guardián– de secretos prohibidos y arcanos. Pero este cuentito tiene muchas otras sorpresas qué ofrecer. Dejaré que sea el mismo lector quien las descubra, por lo que no diré más. Sólo léanlo. Créanme: vale la pena.
El Inimaginable, de Bruce Sterling. Malísimo, malísimo. Una pena. La premisa argumental era buena (Rusia y Estados Unidos utilizan a los monstruos de los Mitos como armas biológicas de destrucción masiva, a un alto costo), pero el desarrollo de la misma es asquerosamente malo.
El Pozo Número 247, de Basil Copper. Donde la acción transcurre en las profundidades de la tierra, en el interior de una base subterránea. La monotonía de los operarios se ve rota cuando sucesos extraños e inquietantes ocurren, dando a entender que “algo” de fuera intenta penetrar en el complejo. La resolución del extraño enigma es –a mi humilde opinión– una tomadura de pelos al lector, por lo que tildo al relato de MALO sin miramientos.
El Pez Gordo, de Kim Newman. Me encantó. Podemos tomarlo como una secuela no-oficial de “La Sombra sobre Innsmouth” de Lovecraft. Ambientado en los años 40’s, en plena Segunda Guerra Mundial como telón de fondo, un detective privado es contratado para buscar a una persona en una zona costera de California. Con un estilo narrativo muy fluido, Kim Newman mete en la trama de un típico cuento de policial negro a los Profundos y a la Orden Esotérica de Dagon, secta diabólica surgida de los Mitos. Un excelente relato, la verdad.
Yo, Cthulhu, de Neil Gaiman. Con este relato, se cierra exitosamente esta antología. De la mano maravillosa del creador de Sandman, obtenemos un cómico relato donde el mismo Cthulhu es el protagonista y narrador principal. Una auténtica delicia de leer, la verdad.
EN SINTESIS:
El resultado final de la lectura de este libro es altamente satisfactorio. Salvo dos de sus relatos que no me han gustado, el resto es formidable y cumple con las expectativas. Sin duda, les recomiendo este libro totalmente.
Tentaculares saludos a todos! ;)

miércoles, 21 de enero de 2015

Superman: Campeón del Sur 06


6
La lucha eterna continúa 

Un año después… 
María Eva Duarte de Perón falleció el 26 de julio de 1952, a las 20:25 hs. Tenía 33 años de edad. Gracias a su tenacidad y su fortaleza pese a todo llegó a participar de las elecciones celebradas el año anterior, emitiendo su voto. Elecciones en las cuales su marido, el General Juan Domingo Perón ganó cómodamente. Carlos Kentz, hombre y superhombre a la vez fue su compañero de fórmula y ahora asumía un compromiso importante: ejercer el rol de la Vicepresidencia de la Nación.
A la muerte de Eva le siguió un largo duelo. Todo el pueblo argentino la lloró y lamentó su perdida. Incluso, los medios extranjeros se hicieron eco del suceso y lo pusieron en las portadas de sus principales periódicos. El Planet de Metrópolis (USA) tituló al hecho de esta manera: “FALLECE A LOS 33 AÑOS DE EDAD EVA PERÓN, LA MUJER QUE PASÓ A LA HISTORIA”.
Finalmente, luego del sentido y multitudinario funeral, sus restos acabaron depositándose en un impresionante monumento construido exclusivamente para ella. El proyecto de su fabricación habría tomado varios años, pero gracias al aporte de Superman y sus poderes, quedó concluido en tan solo una semana.[1]
El monumento tenía aproximadamente 137 metros de altura. Demandó 42.000 toneladas de material, que el “Súper-Obrero” –como lo llamaba cariñosamente el pueblo trabajador argentino– acarreó él solo, por su cuenta. La estatua que remataba la obra –una reproducción física de Evita– fue esculpida en el mejor mármol que había y alcanzaba los 61 metros de altura.
En la parte inferior de la construcción, se hallaba la tumba-altar de la Primera Dama. Toda la base misma de la estructura estaba cubierta por frisos conmemorativos de los grandes momentos de la historia peronista y en su interior, al lado del sarcófago que contenía el ataúd, había monumentales bustos de Evita y de Perón. Remataba la faena una loza de bronce donde habían sido transcriptas las palabras que la “Abanderada de los Humildes” dijera por radio en la última navidad pasada. Decían así:
“No puede haber amor donde hay explotadores y explotados. No puede haber amor donde hay oligarquías dominantes llenas de privilegios y pueblos desposeídos y miserables. Porque nunca los explotadores pudieron ser ni sentirse hermanos de sus explotados y ninguna oligarquía pudo darse con ningún pueblo el abrazo sincero de la fraternidad. El día del amor y de la paz llegarán cuando la justicia barra de la faz de la Tierra a la raza de los explotadores y los privilegiados, y se cumplan inexorablemente las realidades del antiguo mensaje de Belén renovado en los ideales del Justicialismo Peronista:
1 – Que haya una sola clase de hombres, los que trabajan.
2 – Que sean todos para uno y uno para todos.
3 – Que no exista ningún otro privilegio que el de los niños.
4 – Que nadie se sienta más de lo que es ni menos de lo que puede ser.
5 – Que los gobiernos de las naciones hagan lo que los pueblos quieran.
6 – Que cada día los hombres sean menos pobres y que todos seamos artífices del destino común.”  

***  

-“Que cada día, los hombres sean menos pobres y que todos seamos artífices del destino común”- recitó Superman, repitiendo las últimas palabras de la loza de bronce. Lois y él se hallaban al pie del monumento, contemplándolo con reverente admiración – Eso es lo que planeamos lograr el General y yo, Lois – la miró – Ayudar a las personas a ser cada día un poquito mejores. A no agrandarse ni a llenarse de soberbia, sino todo lo contrario. Nuestra bandera, como lo fue la de ella, debe ser la humildad.
Lois sonrió. Ambos estaban tomados de la mano.
-Suena tan bonito cuando tú lo dices – suspiró – pero hay mal en el mundo, Superman. Gente como el Dr. Lex Luthor, el creador del Hombre Nuclear. Ese tipo es un genio y muy probablemente tengas que enfrentarte a él otra vez algún día.
-No temo. Estoy preparado. Y la fuerza para enfrentar esa y cualquier otra adversidad que se presente no viene de mis poderes ni de mi condición de extraterrestre. Viene del pueblo, de las personas que creen y apoyan estos ideales de Libertad y Justicia Social que he jurado defender.
-Hemos… no te olvides de mí.
-¿Cómo podría? – él sonrió – Evita hizo muchísimo por los Derechos de la Mujer. Aquí somos un equipo. Juntos, tú y yo, ayudaremos a estas personas a enfrentar con entereza y dignidad su futuro.
-En verdad, tú eres el “Hombre del Mañana”, como he oído que han estado llamándote últimamente.
-No, Lois. El “Hombre del Mañana” es el pueblo, la gente. Yo solo soy uno más. Apenas una herramienta para permitirles alcanzar lo que en apariencia era inalcanzable. Me contento con aportar mi granito de arena.
-Querido mío, eres muy humilde – ella se aferró a su brazo – y debo reconocer que tu nueva apariencia no te sienta mal, “señor Vicepresidente”.
Él se rió. En aquél momento llevaba un traje bien planchado de color gris, con saco, corbata y zapatos lustrados haciéndole juego. Completaba el nuevo aspecto “sobrio” el pelo peinado hacia atrás y unas gafas redondas sobre su cara.[2]
-El cambio lo sugirió el General. Me dijo que ahora que ocupaba un cargo político, tenía que tener una imagen más acorde.
-¿Eso significa que se acabaron los días de la capa roja y las mallas azules?
-Para nada. Pero por el momento, el Superhombre es necesario en el Congreso y en la Casa de Gobierno. Los saltos a grandes distancias y volar por los aires quedará para otra ocasión. Es todo.
Superman depositó un ramo de rosas rojas en la tumba de Eva Perón. Lois y él observaron su estatua durante un largo rato y después, juntos y tomados del brazo, se retiraron.
Les aguardaba el futuro y una larga labor por delante.  

FIN
(Por ahora…)


[1] En el mundo real, el destino último del cuerpo de Eva Perón no fue tan sencillo. Para empezar, este monumento si bien fue un proyecto real, jamás llegó a concretarse. Y luego está la odisea que el cadáver tuvo que soportar durante años, siendo sustraído de su lugar de reposo por los militares que derrocaron posteriormente a Perón. Seria engorroso contar toda la historia aquí, así que remito al lector interesado a buscar datos sobre ello en obras de autores especializados en la Historia Argentina, más concretamente, en la historia del Movimiento Peronista.
[2] El clásico aspecto de Clark Kent cuando “va de civil”, a decir verdad. Adaptado a la época en que está ambientado el relato, claro.

Superman: Campeón del Sur 05


5
Cuando el Amor es más fuerte…  

SUPERMAN
Emocionados, llorando, abrazándose, festejando. Esa fue la reacción del pueblo ese 17 de octubre tan especial. Especial, porque la gente no sabía la verdadera razón de todo todavía: aquello había sido la despedida de una grande, aunque ni ella misma aceptaría tal cosa. Para Eva, había sido un “hasta luego” para su gente. Para quienes éramos íntimos del círculo del General Perón, sabíamos que las cosas eran bien distintas…
Estaba, como decía, observando atentamente a la multitud cuando la vi: estaba parada allí, anónima entre tantos hombres y mujeres, como una más entre todos ellos. Todavía recordaba su nombre y la belleza de su rostro. Desde la última –y la única– vez que nos vimos, no había cambiado ni un ápice.
La reportera norteamericana que encendió mi corazón.
Lois Lane.
Cuando el acto terminó, la busqué. Me esperaba. La gente a nuestro alrededor estaba dispersándose. Hubo quienes al verme me saludaron efusivamente. Respondí a esos gestos de cariño, pero mi objetivo real era ella. A la final, quedamos frente a frente en la mismísima Plaza de Mayo, cerca de una enorme fuente y con la Casa de Gobierno de fondo. Nos miramos a los ojos y al principio, ninguno de los dos habló: fue ella quien “rompió el hielo” pronunciando las primeras palabras en un español un poco más fluido que el que utilizó en nuestro primer encuentro.
-¿Sabes que es raro? He estado teniendo el mismo sueño casi cada noche desde que era niña – me dijo – Sueño que caigo a través de las nubes, y el suelo se va acercando cada vez más, pero nunca tengo miedo porque sé que tú me recogerás.
Sonrió. Meneó la cabeza.
-¿Te lo puedes creer? Casi cada noche, siempre a tiempo… y ahora eres real, Superman. Tan real como este maravilloso acto que he presenciado.
-Lois – dije – ¿Qué haces aquí?
-Es curioso. Me he estado haciendo la misma pregunta desde que llegué al país. ¿Realmente estoy haciendo lo correcto al venir aquí? ¿Hice bien al renunciar a todo, mi trabajo, mi futuro, mi vida en los Estados Unidos, para perseguir un sentimiento? Tenía mis serias dudas sobre si el amor real, el verdadero, podía llegar a existir. Lo que acabo de ver en ese balcón, lo que esa mujer dijo y lo que vi en ella, su marido y su pueblo me lo confirman: el amor verdadero existe. Y para mí, Superman, ese eres tú – su voz se quebró, emocionada. Las lágrimas afloraron a sus ojos – Ahora, yo te pregunto: ¿podrías llegar tú a sentir lo mismo por mí? ¿Me amarías y me entregarías tu corazón como esa mujer se lo ha entregado a su esposo y a su pueblo?
-Lois… mi corazón y mi vida ya te pertenecen. Ha sido así desde la primera vez que nos vimos. Te amo.
Sentí mis propias lagrimas caer por mis mejillas. La abracé y nos besamos, sabiendo perfectamente los dos que ese amor que nos sentimos era puro e incondicional y que iba a ser para toda la vida.

Superman: Campeón del Sur 04


4
La despedida de una grande  

17 de octubre
Otra vez la multitud en la plaza. Otra vez el fervor de un pueblo que esperaba ansioso. Grandes y chicos, jóvenes y viejos, todo el mundo aguardaba por ella. Y ella no los defraudó. Llegó no sin cierta dificultad al balcón, y tuvo que hacer enormes esfuerzos para mantenerse de pie durante el acto. Antes de que comenzara a hablarle a la muchedumbre presente –y mientras Superman la sostenía sutilmente para que no se cayera, parado a su izquierda– su marido, el General Perón, le impuso la Distinción del Reconocimiento de Primera Categoría y Gran Medalla Justicialista en Grado Extraordinario y dijo, a través de los micrófonos colocados enfrente suyo:
-Nunca podría haberse resuelto un homenaje más justiciero, más hondo y más honorable que esta dedicación del 17 de octubre a Eva Perón. Ella no sólo es mi guía y la abanderada de nuestro movimiento, sino que también es su alma y su ejemplo. Por eso, como jefe de este movimiento Peronista, yo hago publica mi gratitud y mi profundo agradecimiento a esta incomparable mujer de todas las horas…
El General hizo una pausa. La multitud estalló en vítores y aplausos. Evita, honradamente conmovida, miró a su marido a los ojos. Temblaba. La debilidad de su salud era tal que el esfuerzo sobrehumano que hacía para estar allí presente junto al pueblo que la amaba la agotaba deprisa. Parado a su lado, como ya se ha dicho, Superman velaba por ella. Para la ocasión, el Hombre de Acero utilizaba un uniforme lustroso e impecable de oficial del Ejército Argentino, con una pechera repleta de condecoraciones honorarias. Perón y él estuvieron de acuerdo que, por el momento –y dada la importancia del evento a realizarse– el clásico traje azul y la capa roja quedaran bien guardados en un cajón de la residencia presidencial, al menos hasta otra ocasión. Ahora era hora de la solemnidad y la sobriedad, antes que nada. El hecho lo ameritaba.
-Ella, durante estos seis años, me ha mantenido informado al día de las inquietudes del pueblo argentino – prosiguió el General, con la parte final de su discurso – Ese maravilloso contacto de todos los días en la Secretaria de Trabajo y Previsión, dónde ha dejado jirones de su vida y de su salud, ha sido un holocausto a nuestro pueblo, porque ha permitido que, a pesar de mis duras tareas de gobierno, haya podido vivir todos los días un largo rato en presencia y contacto con el pueblo mismo. Ella, en resumidas cuentas, compañeros y compañeras, ha tenido la guarda de mis propias espaldas, ya que su inteligencia y su lealtad son las dos fuerzas más poderosas que rigen el destino y la historia de los hombres y mujeres de nuestra nación.
Cuando Perón terminó de hablar, Evita lo abrazó llorando. La gente en la plaza cantaba alabanzas a la líder enferma y a su esposo. Finalmente, le llegaba el turno a ella. Asistida por el Hombre de Acero, se acercó a los micrófonos y empezó con su discurso:
-Mis queridos descamisados: este es un día de muchas emociones para mí. Con toda mi alma he deseado estar con ustedes y con Perón en este día glorioso del pueblo. Les aseguro que nada ni nadie hubiera podido impedirme que viniera, porque yo tengo con Perón y con ustedes, con los trabajadores, una deuda sagrada: a mí no me importa si para saldarla tengo que dejar jirones de mi vida en el camino.
Eva hizo una pausa, emocionada. La mano de su marido sobre su hombro derecho y la de Superman en el izquierdo le infundieron nuevos bríos para continuar su alocución.
-Yo no valgo por lo que hice, yo no valgo por lo que he renunciado; yo no valgo por lo que soy ni por lo que tengo. Yo tengo una sola cosa que vale, la tengo en mi corazón. Me duele en el alma, me duele en mi carne y me duele en mis nervios. Es el amor por este pueblo y por Perón. Y le doy las gracias a usted, mi General – dijo, mirándolo – por haberme enseñado a conocerlo y a quererlo. Si este pueblo me pidiese la vida se la daría cantando, porque la felicidad de uno solo de ustedes vale más que toda mi vida.
Con los ojos llenos de lágrimas se volvió a abrazar a Perón, mientras la plaza entera coreaba su nombre. El acto había terminado.[1]


[1] Este capítulo entero es una adaptación medio libre de lo que realmente aconteció ese 17 de octubre de 1951. Parte de los discursos del General Perón y de Evita han sido extraídos del libro “Evita: Jirones de su vida”, de Felipe Pigna, de Editorial Planeta, pilar fundamental esta obra en la cual me he basado como fuente de información para la construcción de esta ficción que cuenta con el Hombre de Acero y su entorno como “invitados” a los hechos históricos reales acontecidos en la Argentina de ese periodo histórico tan significativo.